Reflexión

Podemos sentirnos en la cúspide de nuestra historia compartida como humanidad, pero son fechas como la de ayer, las que nos obligan a reconocer lo frágiles y violentos que hemos sido, y seguimos siendo.

Es común oír hablar de violencia en términos generalizados, como si no hubiera diferencias en el núcleo del pensar y sentir del ser humano. Cuando claramente hay violencias despiadadas, que se conectan a nuestro pasado más vergonzoso, y violencias que nacen de la sensibilidad. Estas últimas, capaces de cuestionar los cimientos, y de despertar en ojos ciegos ante la injusticia, una luz que trace nuevos caminos.

No está siendo otra, más que la juventud, la que encabeza el pensamiento crítico, la que declara lucha contra las prácticas y costumbres que nos han encapsulado en un camino sin ruta. La que se niega a operar una estructura social corrompida. Esa juventud que solo ha encontrado en la red invisible, lugares donde se viertan sus ideas, sus pensamientos y sus aspiraciones.

En estas fechas, nuestras calles no se vuelcan al caos, sino que se trasforman en una alegoría palpitante de la inseguridad presente. Se anima la energía humana en el lenguaje que todos entendemos, pero que nos es más cómodo callar. Así mismo, debemos reconocer en este lenguaje flameante la fantástica capacidad de transformar.

Por último, hay que reconocer que la lucha y la política debe ser encabezada por mujeres, pero en nuestra realidad compartida, no hay divisiones. A los hombres nos toca otra lucha, una interna. Un acto profundo de reflexión sobre lo que somos, lo que sentimos, lo que amamos. No tratándose de aceptar la feminidad; se debe aceptar la diversidad humana, en su centro, y en su periferia.

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