¿Nueva realidad o nueva normalidad?

Por Luis Walter Gómez Santiago

El Santo Grial del 2020 de ha reducido de forma indefectible hacia una figura casi mística: la Nueva Normalidad. Esa panacea social que nos llevará por caminos de sanación y recuperación después del Apocalipsis que representó la pandemia. Esta figura es vista por un gran sector de la sociedad.


La idea de la sociedad sufriendo o del mismo ente individual marchitándose y agonizando cuando de pronto entra esa respuesta que no se esperaba. Ese milagro cinematográfico, si se le quiere llamar así, de una solución y como en todos los cuentos la solución siempre viene con un borrón y cuenta nueva.


El más puro sentido de la desesperación a través del escape, un reinicio, es algo con lo que todos hemos fantaseado. Esa figura angelical solo puede ir acompañada de un martirio similar en proporciones: por eso hablo del santo grial, a soluciones teocráticas problemas teocráticos (¿O cómo era?).
Recapitulemos el 2020, año para la infamia (¿33? ¿476? ¿¿1148?? ¿1666? ¿1933? y un largo etcétera), en el que la humanidad se ha visto bloqueada, perdida, aturdida y amordazada, por algo tan diminuto que sonaría a mal chiste o a graciosa ironía.


En todo caso no cabe duda que no la estamos pasando nada bien, y con razón, tampoco digo que debemos salir y abrazar la guadaña de la muerte a través de una infección letal que podría diezmar a la población. Es una situación de emergencia global, un estado de encierro obligatorio y al más puro estilo del Overlook (El resplandor) de enfrentamiento con nuestros demonios y miedos. Al menos los referentes al claustro, junto con un conjunto de carencias y dificultades económicas para algunos, para otros todo lo contrario, aunque el miedo sigue.


Retomando. Es una situación desesperada, una prueba para la humanidad, de ahí que se espere por naturaleza que exista una solución maravillosa, un deseo del genio de la lámpara para purificar todo de nuevo. Es natural del ser humano comportarse así. Esa es la figura de una Nueva Normalidad, un estado de reversión de las cosas a como eran antes. Por testimonio propio puedo decir que muchas personas piensan así, contrario a lo que dijo alguna vez el sub secretario López Gatell “no volveremos a la normalidad nunca”, así que esta idea de nueva normalidad no debe ser tomada como el elíxir del reinicio y del antes de.


Sentado este punto, es importante confrontar el hecho del tiempo. El fantasma histórico por lo general nos hace actuar de forma inconsciente sobre nuestro presente. La realidad es que no estamos solos en el universo, pero tampoco lo estamos en el tiempo. Somos un conjunto de lo que fue y de las ilusiones a lo que será, tanto una persona es parte y causa de si misma en relación con su pasado y futuro como la misma humanidad. Y debo decir que al menos las señales instintivas de peligro masivo inminente no se han aletargado con el paso de (me gustaría decir siglos) las décadas, como se dice en algunas películas Western: “No es nuestro primer rodeo”. Nos hemos rodeado de tragedias o de emergencias altamente letales, algunas con mayor responsabilidad de nuestra parte pero siempre hemos rayado con el fin a lo largo de nuestra historia.


Ni siquiera pensemos en las tragedias en general. Las enfermedades y plagas, pandemias y epidemias, han sido un aspecto toral de nuestro devenir. Solo por citar la más popular (hablo de la peste bubónica), pero también podemos considerar a la gripe española, las epidemias de países enteros de cólera, la malaria, la polio, la viruela. En fin, la Covid19, al final, será una más de ellas. Y claro, en cada época se esperaba un milagro y un reinicio a como era todo antes, aunque nunca ocurrió. Así que aunque nos sintamos únicos en nuestro sufrimiento, solo porque nuestra percepción de la realidad nos somete a sentir y ver de forma limitada, no significa que no se haya sufrido antes.


Ese es el sentido básico de creer que llegará una solución, pero no limitarse a eso, no solo el pensar que algo mágico ocurrirá para borrar y comenzar todo. El mensaje en este pequeño escrito va encaminado a manifestar que existe una forma admirable en que nos adaptamos, y a todo, a cualquier cambio. Quien crea lo contrario pregúntese cómo era el mundo hace 30, 20, 10 años. Incluso diría cinco. Aún así nos adaptamos.


Es más sencillo cuando el cambio se ve como un beneficio directo, pero adoptamos esos elementos nuevos a nuestra Nueva Normalidad. Así como en los casos previos de caos y destrucción todos nos adaptamos, no con esa respuesta mística sino con otra fuerza en cada uno y como conjunto (por algo las cucarachas no dominan el mundo, tienen una gran competencia en sentido de adaptabilidad), lo lograremos.


No como muchos lo piensan, pero saldremos diferentes y adelante ante esta situación. Es más difícil porque no parece un placer con el cual vivir pero aquí está y se quedará. Es importante aceptarlo sin resignarse, porque nunca nos hemos resignado como humanidad. Por eso, estoy seguro que cada uno pueda hallar también esta fuerza para seguir viviendo… una, dos, tres, las caídas de la humanidad en desgracia que hagan falta.


Si este fuera el fin no estaría hablando sobre la posibilidad de un mañana, ni yo ni nadie. Eso es lo admirable en todos: ánimo. Hemos sufrido, pero no significa que nos quedemos a sufrir por siempre. De ahí lo maravilloso que es adaptarse con consciencia. No se trata de vivir resignados a morir sin más, sino vacunarse, quedarse en casa, y en un futuro a ser más cuidadosos con nuestros hábitos de alimentación, higiene y sanidad. Aprender de esto es la mejor forma de adaptación también.

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