¿Fiestas decembrinas desde la distancia y aislamiento?

Las añoradas fiestas de fin de año. Esas mágicas ocasiones para toda la familia, todos los gustos, edades, fetiches y complejidades humanas. Un punto de conexión emulando un respiro de las inclemencias de todos los años. La costumbre y su uso le han adjudicado cierto nombre para el vulgo: el de un periodo consagrado hacia el descanso, diversión y sobre todo fiesta (con un uso muy desinteresado del aguinaldo) sobrecargada de alcohol, el Guadalupe-Reyes (desde el 12 de diciembre al 6 de enero). 

No por nada complacen estos momentos de invierno a cada paladar idiosincrático, y así como en todos los años, el 2020 se perfilaba por lo menos hasta mitad de este año como el portador del epítome de desahogo de muchos en estas fiestas. Como una ventisca los cinco meses pasaron y ahora nos encontramos en el umbral del doceavo mes del año. 

Es interesante observar el ansia e incluso la desesperación de muchos (incluyendo un servidor) por salir, por vivir y explorar aspectos de nuestra vida en compañía de otros. Por probar experiencias y sentir placeres y alegrías de forma, digamos, más desfachatada. Sea quien sea, ya se esperaba que en este mes se diera una “reapertura” de lo cotidiano: poder ir a bares para las mejores borracheras; viajar sin riesgos; visitas a amigos o familiares; o simplemente para que pudiéramos salir y crecer como personas con nuevos y múltiples aprendizajes (conciertos, películas, museos, parques, galerías, caminatas largas, debates, teatro y un largo etcétera).

 Cada uno de nosotros esperaba tener este momento como un descanso de un año tan agitado. Sin embargo, el panorama actual nos indica que no podrá ser así. Nuestras añoranzas se recrudecen con una expectativa de un 2021 “ahora sí un poco más tranquilo”. Ya veremos en su momento cómo discurren las circunstancias para hacerlo o no realidad.

Muchas personas, por motivos tan variados como sus gustos, prefieren contrariar el sentido común y aparentar que todo ha vuelto a la normalidad y que nuestro contexto es tan inofensivo en sentido sanitario como el año pasado. Salen y se divierten. Se congregan en demasía y buscan una especie de dionisiaco mes en que los excesos y la convivencia imprudente están a la vuelta de la esquina. 

Pienso que esto tiene un origen en cierto hartazgo de algunos de ellos (inconsciencia neta en otros que han afirmado que nunca ha existido el virus). También, puede ser ocasionado por el encierro y sus consecuencias negativas para muchos. 

El problema radica en que cuando estamos solos o en un espacio más silente tenemos tiempo y lugar para mostrarnos a nosotros mismos tal cual somos. Tenemos un punto en el que podemos decidir qué hacer con nosotros mismos y no nos rodean tantas distracciones como en los espacios abiertos para no tener que lidiar o enfrentar nuestros males y los resguardamos o trasmitimos a los demás. Lo digo porque me he sentido así también en algún punto. Creo que por eso puedo entender que muchos, aunque no todos, busquen desesperadamente el regreso a las actividades exteriores.

No necesariamente debe ser así. Podemos generar las condiciones para lograr lo contrario: crecer por uno mismo, ver películas o series maratónicas, leer, aprender algo nuevo, cocinar deliciosamente, emprender un proyecto personal, descubrirse uno mismo y enfrentar así a los demonios que puedan atosigar a nuestros seres. No lo digo para resignarnos a no salir, pero sí creo que no nos corresponde a ir en contra de nuestra realidad y salir desenfrenadamente por varios motivos. 

Podemos elegir hacer memorable el 2020 por los momentos en los que dijimos: “Todavía puedo seguir adelante”, para entonces sí hacer del 2021 un diciembre gigante (con sus matices obviamente) de una jornada ardua y difícil. Creo, de corazón, que podemos hacerlo.

Deja un comentario