La espada de Damocles: El fraude electoral y la recuperación de la democracia norteamericana

Es indispensable abrir un espacio de reflexión para cuestionar las palabras y sobre todo para analizar el futuro post-trumpista.

La cita en el título se refiere a una parafernalia mítica y sobre la cual descansa un uso y consecuencia particulares. Esta espada produce un amplio daño al enemigo u objetivo pero como consecuencia el que lanza el ataque recibe un daño en mismas proporciones. La idea es intrigante. Lejos del movimiento energético al que alude como el hecho de que “a toda acción viene una reacción”, es interesante pensar como un ataque mal realizado y con poca responsabilidad se puede volver en tu ruina. 

Lo anterior nos sirve para marcar una referencia sobre algo importante que se ha suscitado en el mundo y que no es para menos: una de las naciones más poderosas del mundo, y en ciertas ocasiones desde hace casi 75 años la más poderosa de todas, pasó por un proceso electoral álgido. Me refiero a las elecciones para elegir al presidente número 46 de los Estados Unidos de Norteamérica, y vaya que fue un proceso agotador. El cual apunta a que durará, al menos, de aquí al 12 de diciembre cuando las autoridades electorales darán a conocer al ganador oficial. 

Uno podría alegar que este proceso comenzó desde el 21 de enero del 2017, momento en el que el actual presidente en funciones Donald Trump tomó posesión del puesto. No lo digo porque desde esos momentos se pronunciaron los candidatos demócratas o los republicanos. O porque el virtual ganador de la reciente elección presidencial, Joe Biden, en ese tiempo dejaba de ser vicepresidente hubiera empezado campaña. Más bien es porque desde ese día comenzó la campaña de reelección del republicano oriundo Nueva York. Porque desde las políticas de Trump, además de cumplir con sus objetivos fueron un nexo desde el origen para atraer comicios electorales para las elecciones de la semana pasada. 

Sin entrar en detalles, pero el muro, los aranceles, las formas de apoyo tácito a actos racistas y a los múltiples tiroteos en la nación muchas veces impulsados por el odio a un sector de la población, le otorgaron una fuerza electoral en un país donde hay muchas personas con una perspectiva cerrada, que para muchos llega a ser entre fascista y ultranacionalista. Con miedo a lo diferente y, desgraciadamente, con delirios de superioridad sobre todo aquel que tenga una pigmentación diferente (según ellos por dentro o por fuera). 

La gran fortuna es que también hay una sociedad totalmente opuesta a esos ideales supremacistas. Esto, junto con un tropezón horrible que fue, y sigue siendo, el mal manejo de la pandemia por Covid-19. El dolor de la muerte hizo que millones de norteamericanos cayeran en cuenta que Trump no puede seguir en el poder, y salieron a votar.

Estado Unidos es, y siempre ha sido, un baluarte de la democracia. La idea, más allá de concepciones burguesas y egoístas de los padres fundadores blancos, todos con sus respectivos esclavos era una pequeña abertura poderosa, para algo mayor: la diversidad. Esto ha provocado que la palabra democracia tome otros matices con el paso de los siglos. Sin embargo, la idea de su inviolabilidad ha sido tan grande que todos los demás hemos venido ajustándonos a su evolución. Por ejemplo, los derechos civiles de los años sesenta en Estados Unidos fueron un ajuste con la nueva democracia, lo cual desembocó en el reconocimiento de los derechos humanos por las leyes americanas y por los actos de los jueces. 

Con estos precedentes es obligatorio pensar en un hecho absurdo y peligroso: un rival en las elecciones, y más aún el presidente de la nación democrática por antonomasia, acusando al otro de fraude y de haberle robado las elecciones. 

Incluso, Trump ha dicho estar dispuesto a acudir a las mayores instancias legales para revertir el triunfo de Biden el cual según él fue ilegal. 

Lejos de la futilidad real de estos actos, el daño que realiza a nivel ideológico no es para menos. Sus declaraciones deslegitiman una democracia que parecía sólida. La confianza del pueblo en que sus instituciones son adecuadas y funcionales polariza y capitaliza adeptos hacia él. No hacia la figura presidencial, sino hacia Trump. Esos, sin duda, son indicios del culto a la personalidad

Ese escenario no se debe tomar a la ligera. Al final, el regreso del daño de esta retórica al menos en un país como Estados Unidos, con el cual se cumple la función de la espada le ha caído. Perdió el puesto para la reelección, hecho que no había sucedido desde hace más de 28 años con la derrota de George H.W. Bush. El daño está hecho. Por eso, es importante ahora tomar consciencia de las palabras de Trump. Darse cuenta de lo incendiarias que pueden llegar a ser y entender, que así como la palabra “Fraude” ha provocado choques y fuertes impactos en el país, hay muchas más palabras que pueden usarse por cualquier persona con delirios de grandeza. Sobre todo, con el poder retórico suficiente para convencer a las masas, las cuales podrían ocasionando los peores malestares a nuestra sociedad moderna. Sí, incluido al mismo sujeto que las pronunció. 

Es indispensable abrir un espacio de reflexión en estos años posteriores. Tengamos en cuenta que esa misma idea egoísta presente en cada palabra y cada acción que hemos cometido a lo largo de nuestra historia se acumula sobre el daño a todos y a todo. Este virus diminuto fue esa consecuencia. Ese daño profético de Damocles a todos. 

La victoria de la concordia y apertura al darle el triunfo a Biden es un signo de que empezamos a tomar algo de consciencia. Espero podamos seguir por ese camino.

Deja un comentario