Apología al escepticismo

El COVID-19 está generando no sólo una crisis sanitaria, sino también una crisis de información. Si lo vemos como una industria, las diferentes fábricas están distribuyendo productos de mala calidad. Por un lado, tenemos a los que nos dan un producto con piezas faltantes, al otro recibimos algo que no es exactamente lo que pedimos, otros sólo nos vendieron humo, y si abrimos bien los ojos, podremos ver que en este mercado abundan los estafadores. Pareciera que en esta ocasión también la información se está convirtiendo en un producto de calidad china.

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En México, el gobierno está utilizando el “método centinela¨ para monitorear los casos de personas infectadas. Se trata de una herramienta de vigilancia epidemiológica que busca únicamente visualizar cómo se va distribuyendo el virus en el país. Ésto como alternativa a la aplicación masiva de pruebas de coronavirus, que se ha mostrado como ineficiente y hasta inútil para la salud pública a nivel mundial. Las desventajas de este modelo se muestran ante la incapacidad de mostrar datos concretos sobre los contagios. Se estima que por cada caso confirmado hay 8 más en el país. Además, crea un vacío de información referido a las comunidades indígenas y de difícil acceso.

Después, tenemos a los intermediarios de la información, los que conectan la realidad con el consumidor pero no sin antes darles una manita de gato, hablo de los siempre confiables medios de comunicación. Esa ayudadita que muchos medios les dan a sus encabezados para llamar la atención o a sus historias para que sean más “polémicas” o la omisión deliberada de ciertos datos para generar molestia en el receptor no se llama mercadotecnia, su verdadero nombre es manipulación. La llegada de las redes sociales agudizó la competencia por la atención de las masas razón por la cual, en el mejor de los casos, los medios de comunicación deciden utilizar ayudaditas para abrirse paso a la competencia.

Tampoco hay que olvidarnos de un gremio que por intereses en común, pérdida de privilegios o simplemente odio parece organizarse para la producción, distribución y comercialización de mentiras. Aquí entran respetadísimos opinólogos, columnistas, expertodólogos, influencers y en estos últimos días están cerrando filas nuestros amados familiares lejanos. Este grupo se dedica a la creativa y ardua labor de fabricar engaños a partir de realidades a medias -las más loables- o de cero. Manufacturan artesanalmente desde el “un conocido me dijo” hasta las más industrializadas creadas específicamente para ser distribuidas en masa. Muchas de estas triquiñuelas no son sólo por diversión o cotorreo sino que se asemejan más a balas políticas. No es coincidencia que ciertos personajes de la vida pública -cof… cof… Felipe Calderón- compartan artículos de dudosa procedencia ,por ejemplo migatito.com, y luego se hagan de la vista gorda asegurando que cayeron en una fake news. Más bien pareciera que existe algún tipo de complicidad.

Si a la información incompleta que no podemos conocer por imposibilidad de métodos le agregamos la información que se les da una arregladita para conseguir más vistas y además le sumamos las travesuras de los que crean fake news, obviamente existirá una crisis de credibilidad bastante aguda. No hay posibilidad de estar seguros que lo estamos consumiendo no está podrido. Tampoco podemos ser ingenuos y pensar que pidiendo las formas de manera civilizada vamos a conseguir lo que buscamos. ¿Qué nos queda? Yo respondería: ser escépticos. Escapar de la dinámica de la industria de información a través de la investigación, la crítica y la objetividad. No consumas sin preguntar y siempre infórmate antes de hablar.

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