El COVID-19, la desigualdad y la lucha de clases

Ante la pandemia de COVID-19, o coloquialmente coronavirus, las autoridades mexicanas y los medios de comunicación hicieron un llamado a la población a resguardarse en sus hogares para evitar la transmisión masiva del virus en territorio nacional. Pero en un país en que durante décadas se han menoscabado las condiciones laborales, y en el que millones de personas viven al día, las recomendaciones sanitarias hechas por expertos como el infectólogo Alejandro Macías, sólo podrán ser cumplidas a cabalidad por unos cuantos.

Y es que incluso cuando mencionamos la que podría ser considerada como la más sencilla de las recomendaciones, aquella consistente en lavarse muy bien las manos, veremos que “si bien el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) reporta que el 94% de los hogares cuentan con infraestructura para recibir agua dentro de sus casas o terrenos, sólo el 69% lo recibe diariamente” (https://bit.ly/3bk9jnt).

¿Cómo podemos hacer una exigencia generalizada de extrema higiene en un país en el que hasta el líquido vital es un privilegio al que comunidades enteras aún no tienen acceso?

Ya no hablemos de otros servicios como la conexión a internet, que resulta fundamental para que las y los estudiantes mexicanos estén en la posibilidad de continuar a la distancia con sus estudios. Particularmente la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) se ha enorgullecido de anunciar que no se detiene, dando a conocer que incluso ofrece un útil aumento de banda ancha para sus estudiantes, cuyo único requisito es … contar con conexión a internet en sus hogares (https://bit.ly/34hRC5S).

En verdad se trata de una excelente iniciativa por parte de la Máxima Casa de Estudios. Excelente también sería poder asegurar que cada estudiante del país cuenta con acceso a internet, o al menos, con una computadora propia. Me temo que ese no es el caso, incluso el área de Educación a Distancia de la Facultad de Artes y Diseño de la propia UNAM, lo sabe de antemano, por lo que «de profesor a profesor» hizo un llamado que no debe pasarse por alto:

Así, la encomienda de empezar, de una semana para otra, a estudiar desde casa, no sólo es algo que no se eligió, sino que constituye un reto que se juega en una cancha dispareja. Contrario a lo que expresó el presidente Andrés Manuel López Obrador, esto no le vino «como anillo al dedo» a nadie (https://bit.ly/2JIHvxb).

El panorama no es más alentador si pasamos al ámbito laboral. Oscar Castillo, colaborador de La Izquierda Diario, nos invita en su artículo titulado “México: la ilusión de la cuarentena” (https://bit.ly/3aagUFd), a pensar en todas aquellas personas en la enorme Ciudad de México que se dirigen todos los días desde muy temprano en el transporte público a ganarse la vida en lugares como el mercado de La Merced, en las varias estaciones del Sistema de Transporte Colectivo Metro para realizar las labores de limpieza, o en sus puestos de antojitos y garnachas.

“México no entra en cuarentena y no entrará porque no hay derechos laborales que lo permitan, no hay sindicatos que protejan a sus trabajadores, no hay quien garantice el sustento del día a día, México no para y lo saben sus gobernantes que dan recomendaciones desde el privilegio.”

Y no olvidemos a quienes trabajan para renombradas cadenas extranjeras de comida rápida, que al tratarse de negocios que generan mucho dinero año con año, han manifestado que sus empleados son libres de no presentarse a laborar, con el pequeñísimo detalle de que no gozarán de los salarios correspondientes a sus días de ausencia. Tal es el caso de Alsea, compañía operadora de marcas como Starbucks, Domino’s Pizza, Vips, Italianni’s, Burguer King, Chilis, P.F. Chang’s, entre otros (https://bit.ly/2JdQmqo).

Todo esto a pesar de que la titular de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social (STPS), Luisa María Alcalde Luján advirtiera a los patrones de México que no hay fundamento en la ley para dejar de pagar a los trabajadores, ni pagar un salario menor o el salario mínimo, mucho menos despedirlos argumentando el cese de actividades por la pandemia (https://bit.ly/3aKwcR2), pero aún con una pandemia de por medio, para algunos poco importa más que su propia ganancia.

La indignación que produce la lamentable actitud de muchos empresarios, al incurrir en estas prácticas, se traduce en deseos de participar en una lucha, una lucha de clases, pero…

¿Qué es una lucha de clases?

El término “lucha de clases” es atribuido al filósofo alemán Karl Marx, y puede ser entendido como la confrontación constante entre los dos grandes grupos que protagonizan nuestras sociedades, las cuales se rigen bajo un sistema económico capitalista: la burguesía y el proletariado. Se trata de clases sociales antagónicas e irreconciliables, cuyo enfrentamiento constituye, en palabras de Marx, el motor mismo de la historia.

En palabras de la socióloga francesa Monique Pinçon-Charlot; quien también se describe a sí misma como “especialista en la violencia de los ricos”, la lucha de clases a la que Marx hacía referencia, es emprendida por los más ricos, la clase alta, la burguesía.

“Hay una guerra de clases que llevan a cabo los más ricos contra los más pobres” Monique Pinçon-Charlot, socióloga francesa.

Algunos ejemplos

La pandemia de COVID-19 representa un problema por sí misma, pero en mi opinión, vino a evidenciar otros problemas gestados desde hace tiempo, entre ellos la desigualdad socioeconómica, inherente a un sistema económico injusto e inmoral.

¿Dónde es posible ver la vigencia de la lucha de clases? Hay lucha de clases cuando, en palabras pronunciadas por el fallecido Papa Juan Pablo II, “se asiste, en el concierto de las naciones, al enriquecimiento exagerado de unos pocos, a costa del empobrecimiento creciente de muchos”.

Hay lucha de clases también cuando los gobiernos priorizan la atención a los hombres del dinero por encima de las demandas de su propio pueblo.

Es visible cuando se piensa y dice que el dinero destinado a becas y programas sociales por parte del gobierno hacia grupos vulnerables de la sociedad –como los jóvenes sin ocupación, mal llamados «ninis», madres solteras víctimas del machista abandono o adultos mayores también abandonados– no es más que un desperdicio de recursos, pero se ignoran las ganancias al amparo del poder de las que siempre han gozado los miembros de una élite económica “cuyos negocios solo pueden sobrevivir si pagan salarios precarios o si deprimen la competencia a partir de concesiones o dádivas políticas” (http://bit.ly/2sJC5wQ).

Bien decía el intelectual estadounidense Noam Chomsky que “los principios del libre mercado son estupendos para aplicárselos a los pobres, pero a los muy ricos se los protege” (https://bit.ly/2FwMPAg).

“Son los que manejan el truco de llamar populismo o paternalismo a lo poco que se destina en beneficio de las mayorías, pero nombran fomento o rescate a lo mucho que se entrega a las minorías rapaces. Son los partidarios de privatizar las ganancias y de socializar las pérdidas”: Andrés Manuel López Obrador (https://bit.ly/3bezV9q)

Hay lucha de clases cuando los trabajadores se organizan para exigir a sus patrones mejores condiciones de trabajo, así como el cumplimiento de sus contratos -y en general, de la ley- y la respuesta que obtienen es que son rojos (comunistas) resentidos, que si están trabajando en condiciones muchas veces inhumanas, es porque así lo decidieron, en absoluta libertad, por lo que deberían dejar de quejarse y ser productivos, pues no serlo es pecado (contra el) capital.





Mapa: The Decolonial Atlas (https://bit.ly/2WMYMdK)

Ser adicto al trabajo no es sinónimo de compromiso. Se han confundido estas características y se han fomentado para beneficio de muchas organizaciones”: Erika Villavicencio Ayub, académica de la Facultad de Psicología de la UNAM (https://bit.ly/2KjmMz6)

Hay lucha de clases cuando nos dicen que nosotros, personas comunes y corrientes, somos los grandes responsables de la devastación ambiental y el cambio climático, pero que podemos y debemos corregirlo dejando de usar popotes y bolsas de plástico, aun cuando en 2017 se reveló que 100 empresas fueron responsables del 71% del total de emisiones de dióxido de carbono, sin que se proceda contra ninguna de ellas (https://bit.ly/2W9F1Qy).

Hay lucha de clases cuando, a pesar de que hay quienes han defendido por años la imposición del capitalismo neoliberal en América Latina por parte de Estados Unidos (https://bit.ly/34i8g5m), confiando en que el libre mercado conduciría a la prosperidad económica de toda la región, la realidad se impuso y demostró un rotundo fracaso del mercado por su pésima reacción a la pandemia… al igual que toda la lógica del sistema que siempre fue defendido por las élites nacionales beneficiarias (y uno que otro «intelectual» a sueldo).

«En general, esta crisis es otro ejemplo importante del fracaso del mercado, al igual que lo es la amenaza de una catástrofe medioambiental. El gobierno y las multinacionales farmacéuticas saben desde hace años que existe gran probabilidad de que se produzca una grave pandemia, pero como no es bueno para las ganancias prepararse para ello, no se ha hecho nada.»: Noam Chomsky (https://bit.ly/3aL1zLA).

Las contradicciones de un sistema injusto, y la creciente decepción en torno al mismo, terminarán por conducir a una transformación radical, de raíz. Vendrán tiempos muy difíciles para quien se rehúse a verlo.

«La anarquía económica de la sociedad capitalista tal como existe hoy es, en mi opinión, la verdadera fuente del mal»: Albert Einstein (https://bit.ly/3dW02nC)

El papel de la clase media

La analista y académica mexicana Viridiana Ríos ha señalado a la clase media como perdedora de la lucha de clases. No estoy del todo de acuerdo, pues considero que los más pobres ostentan ese lamentable título y que la clase media debe asumir otra postura en esta lucha, pues hasta ahora me temo que su participación se ha limitado a declinar en favor de la clase alta, probablemente con la ilusión de identificarse con ella, de sentirse parte de ella. Es el llamado aspiracionismo, sobre el que ha escrito Argentina Casanova:

«Ese aspiracionismo blanco y centralista, el aspiracionismo cosmopolita, la idea de que dentro de más criollo se vea el sujeto, dentro de más occidental se vista y hacia donde mire, más cosmopolita se ve y se construye una idea de sí mismo. La máscara de la blancura impuesta sobre la piel negra del oprimido, en palabras de Fannon.» (https://bit.ly/2UHSvkZ).

Al erigir una idea distinta de lo que en realidad es, el individuo presenta la alteración y deformación de su propia conciencia, y en el pensamiento de Marx, esto constituye una de las características de todo un proceso llamado alienación.

El triste resultado es admiración hacia la clase alta y a la cultura del privilegio que han construido para su beneficio (https://bit.ly/39FYVFh); por el otro lado, desprecio hacia la clase baja, llegando al punto de sentenciar que así lo merecen.

El aspiracionismo y el clasismo se asemejan a cepas de un virus contagioso, el cual se extiende incluso a los micro, pequeños y medianos empresarios, que creen pertenecer a una élite económica en la que en realidad solo tienen cabida los hombres más ricos de México, quienes están muy ocupados realizando y promoviendo una agenda muy específica orientada al beneficio de los suyos.

A pesar de esto, Viridiana Ríos, en un artículo para la versión en español de The New York Times, titulado “La élite económica mexicana que no es (https://nyti.ms/2xYV2hz), afirma que la gran mayoría de los empresarios en México son de clase media o baja, pero se perciben a sí mismos como miembros de la clase alta y apoyan una agenda que ni siquiera los toma en cuenta.

“Es hora de que los empresarios se den cuenta de que no comparten la agenda con los más ricos. Es indispensable que se unan y pidan políticas que acaben con los monopolios y la desigualdad.”

Mencionar esto es importante porque también es hora de que la clase media en general se dé cuenta que tampoco comparte los intereses de una clase a la que no pertenecen, que esos intereses son contrarios al bien común y también es indispensable que se una con la clase baja para acabar con las condiciones que generan injusticias para muchos y beneficios para pocos. Condiciones que parecen síntomas.

En conclusión

El sistema capitalista es el gran virus que genera cepas cada vez más dañinas y hasta letales: distribución desigual de la riqueza, de las oportunidades y del acceso a servicios como el de salud; explotación laboral; devastación ambiental; discriminación; y élites frívolas con seguidores inconscientes.

Si te quedas en casa, espero que la evidencia aquí presentada te haga reflexionar. Y hablando de evidencia, no hay ninguna que demuestre que el COVID-19 y demás cepas del coronavirus fueran inventadas por alguna potencia mundial como arma biológica, pues se trata de un virus ya existente en la naturaleza.

Pero en ocasiones, la humanidad sí se enfrenta a sus propias creaciones. Ojalá que después de superar la pandemia, podamos encontrar la cura para estos otros males.

“Vencer la pobreza no es un gesto de caridad, sino un acto de justicia. Al igual que la esclavitud y el apartheid, la pobreza no es natural. Es un fenómeno creado por el ser humano y puede superarse y erradicarse por medio de la acción del mismo ser humano. A veces le toca a una generación convertirse en una gran generación. USTEDES pueden ser esa gran generación”: Nelson Mandela (https://bit.ly/2J9o4O4)

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