La legitimidad frente a la 4t

El triunfo de Andrés Manuel López Obrador, el 1 de julio de 2018, puso en vox populi la palabra legitimidad. Desde aquel día, López Obrador adquirió un manto “todopoderoso” con el cual sus partidarios intentan disimular los traspiés que comete al frente de la presidencia. El supuesto de “el presidente más votado de la historia” si bien equívoco, es en demasía temerario. En primera, porque no se ha terminado la historia con Lòpez Obrador como presidente, ni se terminará después de su mandato. En segunda, porque la legitimidad no es un cheque en blanco para ejecutar tropelías. Por eso haré algunas puntualizaciones sobre el concepto de legitimidad.

Lo primero a ponderar es que la legitimidad es una fuerza inagotable en las democracias. No así las dictaduras, que en la mayoría de los casos funcionan mediante el miedo; la muerte o el terror. La legitimidad en una democracia es alta norma. Sus rasgos históricos son la legalidad y la aceptación. La legitimidad en una democracia actúa al margen de las reglas del juego. Como dice S. M. Lipset “La legitimidad implica la capacidad de un sistema político para generar y mantener la convicción de que las instituciones políticas existentes son las más convenientes o apropiadas para la sociedad”.

En democracia, la legitimidad es transparencia del proceso, institucionalidad en el cambio y sentido de racionalidad en la aprobación positiva del marco legal de gobernabilidad. Enfatizando en Lipset “…sectores importantes del ejército, el funcionariado y las clases aristocráticas de Alemania rechazaron la República de Weimar no porque fuese ineficaz sino porque su simbolismo y sus valores fundamentales eran una negación de los suyos”. En el instante en que la legitimidad, es objeto de embestida por lo ilegítimo, el ataque se da fuera del juego de la sana competencia. En uno de sus libros más recientes, la politóloga francesa Chantal Delsol toca esta cuestión con puntualidad “Cuando se instaura una democracia, la existencia misma de elecciones demuestra, o cree demostrar, la extrema dignidad conferida a los gobernados, y cualquier golpe bajo asestado a la institución se convierte en una falta ética”.

La práctica de la legitimidad en política busca la reducción de la violencia coercitiva sobre un grupo. Se podría decir que es la negociación saludable y la aceptación perdurable de autoridad con la cual todos los individuos, personas o ciudadanos, se encuentran conformes a derecho. En su artículo “Notas sobre la legitimidad” publicado en la revista Nexos, Maruan Soto Antaki sostiene “La legitimidad brinda el ideario del espejo en el que las sociedades se quieren reflejar” (https://www.nexos.com.mx/?p=29694). Todo reflejo que se busca en las democracias, en los países modernos o en los países en vías de desarrollo, es la estabilidad social, el carácter cívico, el respeto por los otros por la autoridad erigida por consenso. Lo legítimo es el resultado de institucionalización política.

La legitimidad tiene que tratarse con mesura pues peligra en manos de pirómanos. Los dictadores más célebres han apelado a la legitimidad democrática con la máxima “la democracia soy yo”. Mussolini, Hitler, Fujimori o Chávez, participaron en el juego democrático. No se nos puede olvidar que en 1921, la Cámara de los Diputados en Italia, contaba con 35 escaños de diputados fascistas y Mussolini apelaba a un liberalismo político siendo el más iliberal de su época (Mussolini y el ascenso del fascismo de Donald Sassoon). La amenaza demagógica no es extrínseca, procede de la misma democracia. La demagogia personifica el engaño y aunque parezca una contradicción, busca legitimidad, para poder reclamar a lo realmente legítimo su papel en el juego. Porque la demagogia no va a dar golpes de estado, ni mucho menos emplea revoluciones, se va a colar dentro del mismo sistema democrático para adquirir una aceptación y dar paso a su legalidad dentro del juego.

Los países que han tomado en serio el papel de la legitimidad actualmente gozan de democracias óptimas. Claro, los peligros siguen ahí, pero los errores son más limitados. Además, optaron por modelos de autoridad artificiales, basados en la racionalidad , la ciencia y la tecnicidad. El más significativo; es el que Max Weber denominó dominación burocrática, siendo el conjunto de principios racionales y mecánicos de asentimiento de la autoridad. De acuerdo con Weber, la dominación suele apoyarse interiormente en motivos jurídicos, en motivos de su legitimidad.  Esta estructura racionaliza la legitimidad, partiendo de la primacía del derecho. La legitimidad se convierte también en obediencia ante la autoridad. No podrá pasar por encima de su legitimidad y convertirse en un poder despótico ilimitado. La legitimidad en la dominación burocrático-racional indudablemente permite que se cambie pro tempore a los detentadores del dominio. La figura del funcionario será la piedra de toque; clave en el componente organizacional.  

La legitimidad será sustancial y su desarrollo aún más por el simple hecho de que es el mecanismo que cohesiona los procesos políticos. Abusar de esa legitimidad tiene sus consecuencias. En un momento de frenesí se puede derrumbar el edificio democrático. Un desconocimiento sobre la realidad de la palabra sumado a un impulso, son en la vida política de un país acabose de una sana competencia y principio de una batalla donde impera la bajeza. La 4T, en especial sus adeptos deben aprender a controlar sus arranques. La legitimidad de López Obrador no se niega, pero emplearla a modo de arma política alerta un exceso que daña la salud democrática.  

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