Hablemos de corrupción

Para hablar de corrupción citaré las palabras que mencionó Salvador Camarena (director general de Investigación Periodística en mexicanos contra la Corrupción) durante una entrevista para la revista Letras libres donde se le pregunto acerca del tema “Hay una frase que me gusta mucho. Hace tiempo alguien contó que un gobernador les dijo a sus colaboradores: ‘Vamos a desviar todo el dinero legalmente posible’. Eso nos habla de ingenierías diseñadas para usar los instrumentos de la ley con fines aviesos”.

La corrupción es la palabra que engloba de manera exacta lo dicho por Salvador Camarena. Pero qué simboliza aquel vocablo tan revelador que puede dar significancia a una situación de “desvío de dinero”. Según el Diccionario de la Lengua Española “En las organizaciones, especialmente en las públicas, práctica consistente en la utilización de las funciones y medios de aquellas en provecho, económico o de otra índole, de sus gestores”. La corrupción se entiende como un asunto extrajudicial dentro de una institución y para su ejercicio se requiere a más de una persona. No hay corrupción en lo solitario, en lo unipersonal.

En el Diccionario de política escrito por Norberto Bobbio en el cual colaboraron Gianfranco Pasquino y Nicola Matteucci el termino corrupción se despliega para darnos una interpretación más amplia. El Diccionario de política sostiene que la corrupción “es el fenómeno por el cual un servidor público es llevado a actuar de manera diferente a los estándares normativos del sistema, favoreciendo intereses particulares a cambio de una recompensa. Por lo tanto, corrupto es el comportamiento ilegal de aquellos que juegan un papel en la estructura del estado”.

La corrupción cuenta con tres tipologías de acción “la práctica del soborno o el uso de recompensas ocultas para cambiar la sensación de un funcionario público; nepotismo o concesión de empleo o contratación pública basada no en méritos sino en relaciones de parentesco; malversación de fondos por malversación o apropiación y asignación de fondos públicos para uso privado”. Como se puede observar la corrupción gravita en torno a la vida pública de un país substancialmente. La corrupción es un fenómeno sistémico. Es una cuestión del acto jurídico entre la legalidad e ilegalidad que no se puede juzgar desde los aspectos morales. Como lo señala el Diccionario de política “La corrupción significa transacción o intercambio entre quién corrompe y quién se deja corromper”. Así todo problema que inmiscuya una conducta desviada dentro de la vida pública o institucional no será más que un hecho de corrupción.

Cuando hablamos de corrupción hablamos de instituciones, de sistemas políticos, de conductas ilegales, de individuos. La corrupción no es un acto espontáneo, se construye ante el enflaquecimiento de las autoridades, ante la falta de controles que la contengan. Ahí donde la corrupción está presente la ilegalidad es catalizadora. Ni la voluntad, ni las buenas intenciones liquidaran la corrupción. El problema del combate a la corrupción es técnico no ético. Incluye una limitación determinada, un fuerte candado institucional de normas estrictas inviolables, aplicación del enforcement. Enfatizando en Douglass North “Las limitaciones institucionales incluyen aquello que se prohíbe hacer a los individuos y, a veces, condiciones en que algunos individuos se les permite hacerse cargo de ciertas actividades. Tal como las definimos aquí constituyen, por consiguiente, el marco en cuyo interior ocurre la interacción humana”.

La corrupción contamina, despedaza los marcos institucionales, quebranta las reglas del juego y en todos los casos envicia la estructura sistémica legal “Vamos a desviar todo el dinero legalmente posible”. Así como las instituciones son creaciones humanas (North) la corrupción es una creación humana anexa en toda organización. Desde la URSS de Stalin hasta el gobierno de Merkel, la corrupción se halla pertrecha para intoxicar ahí donde se le permite su libre tránsito. Como definió Edward Gibbon “la corrupción es el síntoma más infalible de la libertad constitucional”.

La corrupción es un mecanismo que permite maximizar a los actores participantes sus intereses. Quizá es el determinante más destacado pues nadie sería corrupto si no tuviera incentivos. En México a lo largo del tiempo, las estructuras distributivas de poder en vez de nivelar la balanza contribuyeron al desequilibrio donde las instituciones no sirvieron para reducir la incertidumbre sino para agenciar intereses, erigir clientelismos y elevar los costos de transacción. Como precisa un estudio colaborativo que lleva por nombre Terrorismo y delincuencia organizada. Un enfoque de derecho y economía de Edgardo Buscaglia y Andrés Roemer “La corrupción a altos niveles del Estado representa una amenaza para la estabilidad política y social de México, ya que atenta contra la legitimidad y la legalidad del mismo Estado”.  El estado como árbitro necesario para implementar las reglas en la balanza de poder ha brillado por su ausencia. La subasta de la legalidad se convirtió en un imperativo y la corrupción en un bien que se protege.

Una vez que entendamos que la corrupción germina por la ineficiencia técnica y no por la falta de virtud de las personas podremos empezar a trabajar para mitigarla. No se puede terminar con ella pero si aproximarse a una reducción exponencial en la materia desde la posición estatal, como mencionan Acemoglu & Robinson en su libro Por qué fracasan los países “El grado de coordinación necesario para hacerlo a gran escala suele ser exclusivo de una autoridad central”.

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